Sin Vladimir Ulich Ulianov, alias Lenin

Dibujo de la época de Lenin en el tren a Moscú

Buen artículo sobre el legado de Lenin a los 100 años de su muerte. Un aniversario al que también acompaña la sensación de «indefensión» de quienes pensamos que sus ideas siguen siendo válidas y útiles en la actualidad, pese a ser rechazadas-tergiversadas-ignoradas por muchos partidos que hoy se llaman comunistas. En particular, el análisis del imperialismo, la crítica al reformismo, la importancia de la voluntad revolucionaria, la autodeterminación de los pueblos y la necesidad de construcción de un partido comunista independiente y de clase.

Victor S. Benedico Güell. Arainfo.org

Sin Lenin

Hace solo unos días se cumplía un siglo desde que nos dejó Vladimir Ulich Ulianov, mundialmente conocido como Lenin. Salvo honrosas excepciones esta efeméride ha pasado sin pena ni gloría. Ni en su país natal, exceptuando al Partido Comunista de la Federación Rusa que hizo un humilde homenaje, ni tampoco en Europa ha tenido gran trascendencia. Algún especial como el de Canal Red, y algún que otro artículo o cartel de los partidos herederos de la III Internacional que fundó. Poco más.

Es bastante fácil sin embargo haber tenido contacto con las ideas de Lenin. El puñetazo en el tablero, la patada en la cara que se asestó a las clases dominantes en 1917 dejó un hondo surco que llega hasta hoy. Por fin los y las explotadas, los y las parias de la tierra lograban y mantenían el poder y se propusieron construir otra sociedad. Cualquier persona que se haya planteado en cualquier momento de su vida que es posible otra sociedad mejor y que ante esa reflexión haya decidido participar políticamente para transformarla ha llegado a él. Un texto, una lectura en Wikipedia, algún comentario en alguna conversación, o la clase que le dedica el profesor o profesora de filosofía o historia en el instituto. No se ha pasado por encima del centenario de su muerte porque Vladimir sea un desconocido para la izquierda política organizada. O para el progresismo. O para el Movimiento Obrero, para el sindicalismo o para los y las integrantes de la mayoría de los movimientos sociales.

Los y las revolucionarios, los y las comunistas, estamos cansados. Este ciclo de movilización-esperanza-institucionalización-hastío que nos ha llevado de las Huelgas Generales y las Marchas de la Dignidad al triunfalismo exacerbado por gestionar desde el Gobierno las migajas que el capital nos suelta ha pasado por encima nuestro como una apisonadora. Estamos tan cansadas que ni siquiera nos hemos indignado con el hecho que estamos comentando. Deberíamos haber sacado las fuerzas para denunciar el olvido. Pero ni siquiera el hilo rojo, que actúa de cordón umbilical con la tradición comunista, ha podido transmitir la fuerza necesaria para recuperar las ideas del revolucionario ruso.

Porque sí. Las ideas de Lenin hoy siguen teniendo el valor y la utilidad que demostraron en 1917. Sigue siendo actual el análisis del imperialismo que le llevó a la conclusión que había países que explotaban a otros y que el mundo está dominado por los monopolios, la denuncia al callejón sin salida que nos lleva el reformismo de la socialdemocracia, la actividad militante y la praxis política como necesidad para la transformación de la realidad, la defensa de la autodeterminación de los pueblos, la definición de forma y carácter del estado, las alianzas de clases basadas en un análisis material de la sociedad, el análisis concreto de la realidad concreta y un largo etcétera. Pero de entre todo su pensamiento es necesario destacar dos ideas por su validez para los y las revolucionarias de nuestro país en nuestra actual coyuntura.

Primero, el marxismo llevaba 60 años creyendo que la revolución se haría en los lugares más desarrollados industrial, política y culturalmente y que esta llegaría por el propio desarrollo objetivo de la lucha de clases; el capitalismo caería preso de sus propias contradicciones. Frente a eso Lenin apostó por la voluntad revolucionaria como un ingrediente indispensable. A día de hoy para la mayoría de personas que se consideran comunistas en occidente es más plausible la revolución social en Colombia, Nigeria o Bangladesh que en nuestras sociedades. Cabe recordar que ni China, ni Cuba, ni el Imperio Ruso eran escenarios revolucionarios prediseñados en la Biblioteca de Londres por Marx. Hoy nuestro reto, en nuestro contexto geográfico y coyuntura política actual es pensar en la transformación aquí y ahora. La tarea es analizar tu sociedad, las correlaciones de clases que existen y pensar cómo hacer la revolución en tu contexto. El destino baraja las cartas, pero nosotros y nosotras jugamos la partida. Hay que afirmar con voluntad que sí se puede, es posible la transformación revolucionaria en la España, la Europa de la tercera década del siglo XXI.

Es principalmente por esta cuestión por la que algunos y algunas no tienen intención de retomar los conceptos leninistas. Porque hoy la izquierda parlamentaria, si es que queda izquierda en los parlamentos, ha rehusado a hacerse la primera de las preguntas: ¿Qué hacer? Se actúa como si ya no hubiera otro mundo que conquistar. La acción se ha reducido a la gestión de lo existente, a malgastar fuerzas parcheando un barco que se hunde. Solo vamos dando tumbos de ciego justificando los injustificable, mal moviéndonos sin objetivo en el mercado electoral que es la política en la democracia liberal decadente; por la supervivencia de siglas y estructuras con su propio interés de clase, de clase liberada.

Segunda cuestión. Y con estrecha conexión con la última idea. La clase obrera tiene que tener un Partido. Aunque la fundación del movimiento comunista se inicia con el Manifiesto del Partido Comunista no es hasta Lenin y su preocupación obsesiva por el problema organizativo hasta que no se lanza una sistematización de lo que tiene que ser el Partido Comunista. Hay un concepto principal que guía la construcción de este partido y que sigue dolorosamente vigente en nuestra actualidad: el partido de los trabajadores no puede ser un partido de políticos profesionales, si no de revolucionarios profesionales. Urge alejar el concepto de militancia política, de la política parlamentaria burguesa. Y esto no quiere decir no participar en los parlamentos, algo que nos recordó también, si no que la forma de actuar de dicho partido es necesariamente otra porque sus objetivos son otros.

El objetivo es una ruptura política, o revolución, que construya una nueva sociedad. Si los miembros del partido de los trabajadores visten, hablan, actúan, mienten y tergiversan como los representantes de la burguesía, si los representantes del partido se rigen más por las leyes del estado que los propios representantes de la burguesía la cual domina el estado hay un problema. Después de solucionarlo podremos pasar a hablar de centralismo democrático, unidad de acción, recuperación de la soberanía partidaria o del resto de conceptos heredados del pensamiento leninista. Eso son debates para partidos de revolucionarios, y no para otros partidos.

Cien años después de la muerte de Lenin algunos nos atrevemos a afirmar con voluntad revolucionaria que la única solución a este sistema decadente pasa por la revolución social. Por la construcción de un mundo más justo, que asegure la vida y que no tenga como base de funcionamiento la explotación. Afirmamos que hace falta una ruptura política con el sistema actual, político y económico, que nos conduce irremediablemente a la guerra continua y a la barbarie. Y que para que se pueda hacer realidad es necesario organizarse obsesivamente y seguir haciéndose la pregunta fundamental.

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