Apuntes sobre acción sindical y estrategia socialista

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Desde la ruptura entre buena parte de las Juventudes Comunistas (UJCE) y el PCE, en esta web apenas hemos informado del desarrollo del movimiento de jóvenes comunistas españoles, cada vez más articulado bajo un paraguas organizativo plural del que forma parte la tendencia «Horizonte socialista».  Seguidamente se incluye un redactado ilustrativo de sus planteamientos con respecto a un tema siempre central para cualquier organización clasista revolucionaria e independiente. Debate imprescindible y siempre abierto.

Agustín Rueda y Núria Sala. Horitzosocialista.cat

Para cualquier movimiento con voluntad de superar de raíz el sistema capitalista el punto de partida para abordar la cuestión sindical ha sido siempre la pregunta de cómo ligar las luchas cotidianas del proletariado con un programa revolucionario. Esto era así hace un siglo y es igualmente válido hoy.

En este sentido, a lo largo de todo este tiempo, tanto la tradición histórica de carácter más marxista como la de carácter más anarquista han ido basculando entre dos concepciones del sindicalismo: una concepción «optimista», que reconoce en éste un importante potencial revolucionario y una concepción «pesimista», que considera que la práctica sindical no contribuye o, incluso, inhibe un proceso político de carácter revolucionario.

Ambas posiciones deben ser entendidas en sus respectivos y muy diversos contextos históricos y las diferentes coyunturas, debates, procesos y experiencias prácticas del movimiento obrero que delimitan cada uno de estos contextos. Esta tarea sobrepasa el alcance de este breve artículo, pero situar históricamente el debate nos sirve para no partir de apriorismos que fetichicen o menosprecien la actividad sindical en general. El análisis concreto de sus potencialidades y límites es imprescindible para avanzar posiciones sobre la base de un modelo político y estratégico revolucionario, la única vía para atacar las causas del problema y no resistir eternamente a sus efectos. Cogiendo este punto de partida, este artículo esquemático pretende ser una aportación al debate entre la militancia comunista sobre la cuestión, con el objetivo de adquirir una comprensión más rica de las palancas estratégicas de la lucha de clases.

En primer lugar, ya se ha analizado ampliamente cómo la crisis estructural de la producción capitalista –de la que forma parte la obstinada resistencia del movimiento obrero y sus revoluciones políticas– ha ido empujando a la clase dominante hacia una huida hacia adelante. A lo largo de las últimas décadas, esta huida ha modificado profundamente los procesos productivos y de organización del trabajo, obligada por la búsqueda voraz de tasas ascendentes de acumulación y la necesidad de someter al proletariado para reducirlo al carácter de mercancía-fuerza de trabajo. Estas profundas modificaciones han pulverizado por la base las antiguas formas de organización obrera arraigada en los centros de trabajo, las cuales habían estructurado un movimiento de masas a la ofensiva en los países del centro imperialista en un pasado no muy lejano.

Si hablamos concretamente del Estado español (integrado en el sistema capitalista mundial como instancia subordinada dentro del bloque económico europeo) esto ha significado, muy resumidamente: el desmantelamiento industrial; la deslocalización, fragmentación y automatización de los centros productivos con la consiguiente segmentación de la fuerza de trabajo; la terciarización de la economía; la expulsión de amplias capas de la fuerza de trabajo a formas diversas de subempleo, paro intermitente o estructural; la integración de la lucha obrera en centrales sindicales burocráticas como aparatos civiles del Estado, así como la progresiva reducción de los marcos de negociación colectiva y, en general, de las formas jurídicas que el sindicalismo de concertación ha tomado como base, cargándoselas o acotándolas a sectores restringidos de la población ocupada, frente a una creciente masa trabajadora abandonada a la arbitrariedad despótica de la patronal.

Sin embargo, la transformación de la producción, de las relaciones laborales, de la composición de la fuerza de trabajo y de la organización del proceso de trabajo no han implicado la desaparición de la condición de posibilidad para la lucha en el ámbito laboral, lo que ha supuesto es la transformación de la forma en la que éstas pueden darse y se dan.. Porque la historia del modo de producción capitalista y sus constantes transformaciones es, al mismo tiempo, la historia de comunidades humanas negándose a convertirse en mera mercancía, y cada forma específica de dominio social que la civilización burguesa ha producido en su expansión universal se ha visto acompañada, por contrapartida, de una forma específica de resistencia y de lucha, nacida de la necesidad de sobrevivir y defenderse. Así, hoy en día el conflicto sindical en el puesto de trabajo es uno de los espacios que permite posibilidades concretas para la asociación y la organización de la clase trabajadora, con todo el potencial político que ello conlleva, aunque estas posibilidades sean muy diferentes de las que podía haber, por ejemplo, en la década de los 60 y 70.

Por otro lado, el conjunto de transformaciones y «soluciones» aplicadas a la crisis de escala global no han conseguido relanzar significativamente la acumulación productiva capitalista, que ya antes de la sacudida global que supuso la emergencia sanitaria del COVID19 se mostraba flácida en el conjunto de las economías centrales del mundo. En esta tesitura, la clase dominante –para la que la búsqueda de nuevos márgenes de beneficio es una cuestión vital– está abocada a una ofensiva general y sin tregua sobre el conjunto de los procesos sociales con el fin de subordinarlos totalmente al objetivo de acumulación de capital. Una ofensiva sobre el conjunto del salario que implica la devaluación de nuestras condiciones de vida en todos los ámbitos (trabajo, sanidad, educación, vivienda, alimentación…) y que avanza porque no encuentra ningún obstáculo sólido en su camino. Una vez disueltas las organizaciones políticas de combate de las que los trabajadores disponíamos en otras épocas, sólo queda una anémica izquierda parlamentarista que cabalga la ofensiva en lugar de confrontarla, vendiendo la claudicación y la derrota constantes como victorias tácticas parciales en el camino hacia una imaginaria reconstrucción del Estado del Bienestar, irrepetible en la coyuntura actual.

Ante esta situación, si nuestra acción sindical no está encaminada a una estrategia política independiente de esta agenda de reformas irrealizables, inevitablemente está condenada a alimentarla, dejando que todas las experiencias de crecimiento de conciencia, autoorganización y politización que posibilitan el conflicto sindical se pierdan.

Por lo tanto, en un contexto de profundización de la crisis, de ofensiva de la clase dominante sobre el salario y de fragmentación y desarticulación política del proletariado, el elemento principal que debe orientar nuestra actividad sindical debe ser la vinculación de las experiencias de lucha y organización que se producen en el ámbito laboral con un proceso que asiente las condiciones para la recomposición política de la clase trabajadora. Es decir, es necesario dirigir la acción sindical para alimentar una estrategia de acumulación de fuerzas orientada a articular política y organizativamente una mayoría social de la clase trabajadora en torno a un programa nítido de construcción del socialismo.

Partiendo de este marco amplio, se desgranan algunas tareas que, a pesar de ser necesariamente generales, nos pueden servir para orientar una intervención militante acertada en el puesto de trabajo, y que en nuestra opinión deben:

a) Reforzar activamente los espacios de organización de lucha sindical en los centros de trabajo, o bien crearlos cuando estos no existen.

b) Demostrar, en primer lugar, su efectividad y eficiencia en la defensa de los intereses colectivos y las condiciones de trabajo, ya que es lógico que en el contexto actual, la clase trabajadora, «obligada a la prudencia por la sangrienta reacción, desconfiará en su conjunto, durante un cierto tiempo, de los elementos revolucionarios, querrá antes que nada observar qué resultados prácticos da su trabajo y poner a prueba su seriedad y competencia. Tenemos que ser capaces de vencer a los reformistas también en este terreno, porque los reformistas son sin duda hoy en día el partido que tiene mejores cuadros y más numerosos» (Antonio Gramsci, El programa de L’Ordine Nuovo (14 y 28-VIII-1920).

c) Ser una intervención política desde el primer momento. La intervención sindical debe estar desde un buen comienzo orientada, tanto en el enfoque de sus reivindicaciones como en el resto de su actividad sindical, de forma coherente con el proyecto comunista, señalando las causas estructurales de la explotación y vinculando las demandas a un programa de lucha política por el socialismo. Los centros de trabajo deben ser entendidos como un espacio más de lucha ideológica y cultural, pero no sólo en el plano discursivo, sino en el contenido y la forma de la práctica y la organización sindical.

d) Trabajar por la construcción de la unidad de clase, combatiendo todas las segmentaciones y antagonismos que se reproducen entre nosotros y que el sindicalismo de concertación no sólo no aborda sino que fomenta. Estamos hablando de divisiones dentro del mismo centro de trabajo (por escalas salariales, subcontratas, indefinidos-eventuales, etc.), entre plantillas de diferentes empresas, entre sectores, entre las capas más «protegidas» y las capas más proletarizadas, entre hombres y mujeres, entre «nativos» y «extranjeros», entre franjas generacionales, etc. La intervención militante en los centros de trabajo debe establecer como prioridad confrontar cualquier tendencia corporativista y organizar unitariamente todos estos segmentos, también aquellos que mantienen una relación salarial inestable o intermitente y cambian constantemente de centro de trabajo, vinculándolos territorialmente a las organizaciones de lucha sindical. En cuanto al sector de trabajadores públicos como la enseñanza o la sanidad, hay que priorizar también la unión organizativa entre profesionales, usuarios y comunidad.

e) Fomentar la construcción de estos espacios como grandes organizaciones democráticas de clase, donde las burocracias sindicales, la idea del sindicato como un «servicio» y la cultura de la delegación inherente al modelo de representación unitaria sean conscientemente confrontadas por un modelo que subordine el papel de los delegados y los comités de empresa a la participación activa y amplia de toda la plantilla, a través de las secciones sindicales y asambleas de trabajadores en la toma de decisiones y el trabajo sindical. Estas organizaciones del proletariado deben desavenirse del sentido común dominante, que las insta a desarrollar una intervención restringida a vigilar el cumplimiento de la legalidad o la mejora del precio de la compraventa de la fuerza de trabajo. Por el contrario, deben orientarse a disputar a la patronal el poder sobre todos los aspectos de la organización del trabajo en el propio centro (incluyendo horarios, turnos, contratación, espacios, funciones, procedimientos de trabajo, seguridad, etc.), con el horizonte político del control sobre el conjunto de la riqueza y la producción social. Sólo a partir del desarrollo de organizaciones de este tipo a escala ampliada, en tanto que espacios donde confluyen la experiencia y la práctica viva de la deliberación, el autogobierno y la lucha cotidiana de grandes segmentos del proletariado, articuladas orgánica y políticamente con otras ramas y frentes de la lucha de clases como la vivienda, pueden emerger instituciones de clase fuertes que den forma a un poder político proletario independiente y antagónico al programa de la burguesía.

Para finalizar, queremos señalar que los segmentos juveniles de la clase trabajadora tienen un papel estratégico central en esta tarea, ya que es justamente este uno de los sectores utilizados como punta de lanza para la degradación salarial del conjunto de la clase trabajadora. Este fenómeno es fácilmente observable en cualquier plantilla de personal, donde las empresas sustituyen masivamente la fuerza de trabajo más protegida por una joven más precarizada. La militancia política en las luchas salariales es la vía a través de la cual esta juventud puede negarse a aceptar el papel que le ha sido impuesto, con el fin de asentar las condiciones para una nueva fase de lucha, esta vez ofensiva.

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