La República por venir

Bota aplastando sede parlamentaria de la monarquia constitucional

En torno al aniversario que se celebra cada año de la II República española (14 de abril), comienza a plantearse dentro del movimiento comunista estatal un debate obligado sobre el significado e implicaciones de la lucha actual por la República.

Las Juventudes comunistas del PCE acaban de publicar una resolución que crítica de raíz los planteamientos sostenidos durante décadas por el partido con respecto a la III República.

Una crítica que se presenta como autocrítica (hacia la gestión de anteriores direcciones y congresos), centrada en la experiencia y reflexión en torno a que luchar por la III República (popular y democrática) implica desviar la lucha de clases hacia una supuesta fase intermedia entre los estados y modos de producción capitalista y socialista. Es decir, plantear y defender el fortalecimiento del Estado capitalista actual, mediante reformas democrático-burguesas.

Precisamente esta es la consigna que plantea el Manifiesto que acaba de publicar la dirección del PCE, bajo el rótulo “Por una república democrática, popular y feminista: ¡a por la III!”. Un manifiesto que ha sido bastante mal recibido por buena parte de la militancia.

Primeramente, por omitirse toda alusión, en particular, al papel del actual gobierno de coalición en la guerra imperialista en Ucrania. Una sumisión atlantista que trasciende el carácter de mero episodio bélico localizado y que representa y constituye toda una estrategia general de intervención: militar, económica, política y social, contra los trabajadores y los pueblos, tanto de España como del resto del continente.

Y también, y no menos crucial, resulta criticable este Manifiesto por abrazar la estrategia comentada por las Juventudes de llamar a una “República democrática y popular” como vía (intermedia) al Socialismo. De modo que se sigue manteniendo la ilusión pequeñoburguesa de que, incluso en la actual coyuntura de recrudecimiento de la lucha de clases a todas las escalas, cabe una situación intermedia entre la «dictadura» o «dictablanda» de la burguesía y la del proletariado.

Como muy bien apunta Alfonso Armesto, Secretario General de Juventudes Comunistas, situar al «pueblo» como sujeto (y a la gente como destinarios, como hacen SUMAR o IU), implica relegar a la clase trabajadora a un papel subalterno, exigir al proletariado que reniegue de imponer su proyecto político, y le ceda la iniciativa a las capas medias para mejor abordar unas u otras reformas institucionales.

Esto constituye una estrategia netamente reformista y condenada a la impotencia, considerando el estrechamiento que se viene produciendo de los márgenes de la acumulación capitalista, así como más en general la crisis de descomposición de este sistema productivo y su lucha por la supervivencia mediante la guerra militar, económica y social practicada con creciente intensidad contra los trabajadores y pueblos del mundo.

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