La batalla estudiantil estadounidense es un síntoma

Manifestación estudiantil estadounidense en defensa de Palestina

Claudio Aguayo-Borquez. Intervencionycoyuntura.org

Ha sido la solidaridad con Palestina la que, en el fondo, ha obligado a un segmento importante del progresismo y la izquierda estadounidenses a tomar posición frente al genocidio israelí. Cuando irrumpieron los ataques del 7 de octubre de 2023, lo que el ambiente intelectual de la metrópoli imperialista hizo resonar por todas partes fue, sobre todo, una preocupación democrática por las formas de la resistencia, por su inusitada crueldad, y una curiosa identificación con la ciudadanía israelí que padeció los efectos de la llamada “inundación de Al-Aqsa”. Judith Butler es el mejor ejemplo de esta suerte de golpe de timón impuesto por la situación en Palestina: en un primer momento, el 19 de octubre de 2023, declaró oponerse “a la violencia que Hamas infringió sin coartada que ofrecer”, y que “no se obtiene una justificación moral o política de los actos de Hamas refiriéndonos a su historia”. Primer compromiso, el de Judith Butler, uno eminentemente teórico, basado en su propia epistemología del duelo y su responsabilidad con la no-violencia. Sin embargo, en marzo de 2024 circuló un video donde Butler señala que el levantamiento del 7 de octubre debe ser entendido como un “acto de resistencia armada. Butler representa quizás mejor que nadie una mirada estrábica al interior de la izquierda estadounidense. Si en una orilla del ring tenemos a Slavoj Zizek con su abierta defensa del discurso liberal de occidente, equivalenciando a Hamas y Netanyahu, deshistorizando cualquier comprensión de la resistencia; y en la otra orilla a Jodi Dean defendiendo abiertamente los actos del 7 de octubre como “regocijantes”, contra cierta victimización de Palestina—Judith Butler es una imagen de la vacilación y la estupefacción auténticamente ‘gringa’ frente a una situación que ha dividido a la humanidad por la mitad en un sentido completamente diferente al de, por ejemplo, la guerra fría.

Y es que la reacción frente a la masacre en curso ha tenido un epicentro curioso en Estados Unidos: las universidades. Desde hace años las universidades funcionan como correas de transmisión de las credenciales democráticas de Israel, como muestra el caso de Norman Finkelstein, quien en 2007 no obtuvo tenure (contrato de planta indefinido, en el lenguaje latinoamericano) en la Universidad DePaul, pese a haber publicado cinco libros traducidos a 46 idiomas. Han sido las universidades estadounidenses de elite las primeras en activar una fortísima primera línea de defensa del discurso oficial israelí, en nombre de la sana convivencia cívica y el supuesto derecho a la palabra o free speech. El peso institucional del sistema universitario en Estados Unidos es frecuentemente ignorado en los análisis políticos del imperalismo norteamericano, ante lo que debemos recordar que en muchos estados las universidades públicas de elite constituyen el principal empleador, incluyendo California, New York y Michigan. Las universidades, en otros términos, forman un engranaje fundamental del capitalismo estadounidense; calificando y actualizando la fuerza de trabajo y la composición orgánico-tecnológica del capital, estableciendo límites legislativos en los estados donde son el empleador predominante, y produciendo las interpelaciones ideológicas y discursivas del progresismo socialmente aceptado por el gran capital. No sería desacertado exigirle a la teoría crítica un análisis de la sociedad estadounidense como la condensación de tres culturas predominantes: la cultura de Walmart como reemplazo efectivo de las tareas del estado por el mercado en zonas aisladas de la vastedad geográfica yanqui, la cultura hospitalaria y su crueldad intrínseca mediada por la igualación entre vida biológica y capital circulante, y la cultura universitaria y su capacidad de suavizar y matizar los efectos de un capitalismo Western, tendiente a la figura del acumulador armado, religioso y solitario.

Las universidades de la metrópoli imperialista se han vuelto tanto más poderosas después de la neoliberalización de la era Reagan, y la desindustrialización compulsiva y el fin del fordismo americano coinciden con una tendencia al enriquecimiento estruendosa: la riqueza acumulada (sin contar el patrimonio material y el presupuesto anual de cada institución) de las universidades estadounidenses equivale al PIB combinado de Chile, Perú, Bolivia y Colombia. Miradas con desconfianza por una clase media empobrecida que todavía habita los fantasmas ideológicos del agotamiento del sueño americano industrialista, incluyendo conspiracy theories y fantasías de un retorno del bienestar keynesiano, pre-neoliberal, las instituciones de educación superior operan como burbujas de distribución de credenciales, acumulación rentista y conformación de zonas urbanas snob y eco-friendly. El ideal democrático de la universidad cosmopolita, surgido de la sucesión de revueltas estudiantiles europeas, latinoamericanas y estadounidenses, ha sido reemplazado por espacios de re-disciplinamiento del deseo, incluyendo el deseo anticapitalista que, dentro de las humanidades yanquis, funciona crecientemente como una mera variedad pluralista de la oferta y demanda.

Es en este contexto que debemos entender la oleada actual de movilizaciones, marchas y ocupaciones de solidaridad con Palestina en Estados Unidos. Son movilizaciones de un segmento de la población estudiantil que habita y vive en ese engranaje ideológico universitario, en esos centros urbanos de café donde todavía sobreviven, a duras penas, los viejos bookstores de libros viejos, aniquilados por Amazon en el resto del país. Vale la pena recordar que los centros urbanos universitarios son predominantemente demócratas, y que el belicismo global de la administración Biden puede haber impuesto un “retorno de lo Real”, para hablar en lacaniano: en la superficie misma de la articulación simbólica progresista, el capitalismo desoculta tendencialmente su verdadero rostro, como reino de la necesidad de la guerra y de la conservación de cetros imperialistas globales, como es el proyecto colonial israelí. El nombre de Palestina ha impuesto una fractura interna en las universidades estadounidense incluso si sus alcances están limitados a su lugar de circunscripción y surgimiento, los poderosos college towns, las ciudades universitarias progresistas. La pandemia ya había mostrado que la cultura progresista tenía límites precisos incluso en esas catedrales de la ciencia que son, supuestamente, las universidades, cuando la nueva capa de managers y administradores universitarios enriquecidos por la capitalización rentista de la academia yanqui, pretendieron empujar a profesores e instructores a enseñar en persona en las salas de clases, pese a las restricciones impuestas por el COVID-19. Ahí donde había sindicatos, fue posible detener esa tendencia a la carnicería mediante huelgas y negociaciones. Y es que si hay algo patente de la universidad estadounidense es que no puede parar, porque cuenta las horas como dólares y los segundos como monedas. De otro lado, debe contarse también aquella masa gigantesca de consumidores pasivos de credenciales que son los estudiantes de pregrado, y su contraparte los donors que redistribuyen plusvalía global a las arcas universitarias. Desde entonces, cierta tendencia apática, desidiosa al amusement en la universidad imperialista, es crecientemente interrumpida por segmentos organizados, y no es casual que la vanguardia de esos elementos esté constituida por un sector altamente precarizado del capitalismo universitario, los estudiantes de doctorado.

Estos últimos días hemos visto con estupefacción la transformación de instituciones comprometidas con la “Diversidad, Equidad e Inclusión” (DEI) en campamentos invadidos por la policía, en momentos de violencia flagrante. Al mismo tiempo, la clase media académica reclama su derecho a la libre expresión y a la crítica. Lo que los dueños de la universidad estadounidense, los millonarios que donan y los managers que administran, pretenden distribuir como mensaje, mediante la militarización de los campus universitarios, es cada vez más claro: el progresismo sólo es aceptable dentro de los límites de lo que el capitalismo estadounidense puede tolerar en sus marcos relativamente flexibles. El radicalismo académico debe ser restringido al reducto pluralista y heterogeneizante de las humanidades académicas, y puesto en papers; cualquier activismo práctico es intolerable. Por eso, los educados clamores por la libertad de crítica y el derecho al disenso operan como reclamos paradójicos, en una precipitación cada vez más clara hacia el impase que representan estas movilizaciones, en cuanto a la forma que asumen. Porque, ¿qué derecho a la crítica podría existir en instituciones cuya misión última es aceitar la workforce estadounidense y compaginar la agenda imperialista con el discurso demócrata? La pregunta está lejos de ser irónica, toda vez que exige un análisis del contexto de surgimiento de estas movilizaciones y de sus posibilidades reales: lejos de ser democrática, la universidad estadounidense manifiesta formas de totalitarismo managerial y administración verticalista en la que la voz y el voto de los estudiantes y profesores está excluido de la toma de decisiones.

Es una característica de la metrópoli imperialista que sus sectores más avanzados, más críticos con la organización neoliberal de lo social, encuentren su lenguaje político en la articulación internacionalista. La actual movilización de solidaridad con el pueblo palestino que enfrenta una nueva masacre está lejos de agotarse en las consignas que explícitamente encarna, que exigen cortar lazos académicos y económicos con la entidad sionista. Constituye también, en un efecto búmeran de la guerra israelí contra la población de Gaza, una crisis interna. Estos efectos de internidad de la crisis imperialista global se relaciona con una agregación de tensiones insostenibles, acumuladas desde la pandemia. Los managers esperan que el sopor veraniego y las largas vacaciones académicas los salven de esta situación. Lo que no saben, o no quieren saber, es que la no-sincronicidad del sistema universitario estadounidense está atada de manos, y que los campamentos pro-palestinos son sólo la punta del iceberg de un sistema quebrado, que hace convivir lo incompatible; el universalismo del discurso universitario y la automaticidad del discurso capitalista, el universalismo de la educación y su bancarización. Por otra parte, la euforia anti-woke y la histeria reaccionaria recurren rápidamente a las explicaciones ideologizantes de siempre: la radicalización de los estudiantes es el resultado de una incentivación al activismo universitario”. Puede ser que cierto sentido emancipatorio interno a los ideologemas académicos provea significantes. Ninguna lucha salta sobre su propia época. Pero el nudo traumático que empuja a los estudiantes a las carpas excede la cuestión palestina.

En una situación en la que, parafraseando a Mark Fisher, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de Israel, la amenaza global de la locura imperialista, que recuerda a los tiempos del hitlerianismo por su intensidad y su irracionalismo, todavía no encuentra soluciones por izquierda. Es de esperar que, en este nuevo claroscuro que desplaza la lucha de clases al primer mundo una vez más, los estudiantes estadounidenses articulen una respuesta que no sea ni la del nihilismo, ni la del postramiento ante el mercado.

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